La tierra que nos une

En Cúcuta a los abuelos se les dice nonos, la palabra viene del italiano nonna-nonna, que se castellanizo décadas atrás en territorio de frontera. A mi bisnono, a quien solo conocí por cuentos, se le dio el trabajo en la tierra, primero fue campesino y se convirtió en alfarero en la primera mitad del Siglo XX.

Con sus manos y un horno en casa en el Barrio San Luis, de la capital de Norte de Santander, moldeó la arcilla para crear ollas y adornos con los cuales sacó adelante a su numerosa familia. De una tierra roja, famosa por sus ladrilleras y chircales, única en el mundo, vengo yo, ahí nace mi historia que no es única, pero sí maravillosa, como las miles que existen alrededor de la aventura de la tierra, del descubrimiento de lo enterrado.

Esta es una humilde introducción, ahora les contaré las vivencias de Claudia Durango y Ramón Garrido, dos personas tocadas por el mundo de lo desconocido.

Las minas son el criadero de minerales útiles de explotación, así lo dice la RAE, pero sin deseo de ofender a alguien, qué corta definición. El hombre desde sus inicios ha sido un explorador. Ya sea por curiosidad o avaricia por sueños o aventura, siempre ha querido conocer lo que yace más allá de lo certero. El mundo admira al astronauta, pero al viajero que explora la tierra lo desconoce, y esa es la raíz de toda mina.

Nuestro territorio desde sus inicios ha sido un pueblo minero con sonrisa de oro. Este mineral ha ayudado a construir nación, con el dolor que eso implica. “Colombia logró integrarse como república independiente a la economía mundial con un exitoso producto de exportación, configuró una eficaz red de caminos de herradura que animaron el comercio y la colonización de baldíos”, afirmó tiempo atrás Fernando Molina, historiador y maestro de historia de universidades como la Nacional y los Andes.

¿Por qué tantas vueltas para hablar de Claudia y Ramón? El oro no se encuentra en la lluvia del día, como tampoco las historias que valen la pena. Así que lo único que les puedo decir ahora es que el afán por la minería, lo único que ha causado son destrozos.

Claudia Durango

La Tierra esconde misterios y durante milenios los hombres han tratado de descubrirlos. La evolución ha traído consigo vida para esta actividad que, sin duda, por desconocimiento del hombre para escavar la tierra ha traído pesares a muchos. El cuidado y protección del medio ambiente cambia la perspectiva y reincentiva la conquista. En una cantera en el Reino Unido, llamada Sandy Health, fueron vistas hace pocos meses unas aves extrañas llamadas chotacabras, que desde 1973 no eran divisadas, esto significa que este espacio les permitió tener de nuevo un habitad. El cambio ha sido la reconexión con nuestra naturaleza. La tierra nos une, no hay duda de ello.

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Por casualidad llego a Claudia, aunque a veces pienso que el destino no da espera. El teléfono sonó unas cuatro veces hasta que me contestó. Con afán y paciencia me atiende, vive en Copacabana, Antioquia, es una mujer de hoy, aquellas que cocinan, cuidan a sus hijos, trabajan y no paran de soñar, es entendible su afán.

Ituanguina con orgullo, Claudia llegó a la minería hace 7 años, aunque por avatares de la vida casi termina por dejar la conquista temprano. Con la cadencia musical del acento paisa me cuenta que por sus dos hijos pensó no seguir en la minería, eso fue 7 años atrás, momento en el que solo veía a sus pequeños dormir.

La distancia para una madre es la grieta que entierra la luz, pero Claudia supo encontrar la claridad. Ella dejaría Hidroituango tras cinco meses de labores; sin embargo, su forma de trabajar dejaría huella y una compañía del tamaño de Epiroc pondría sus ojos en ella.

“Me buscaron por todos lados, hasta por Facebook y me encontraron. Un compañero fue a mi casa y me enamoró de la industria” dice entre risas Claudia. Lo que ella no sabía es que ese amor había nacido tiempo atrás.

Claudia demostró su tesón y tomó la determinación de sacar a su familia adelante. Con el dolor de una separación, con niños por criar, empezó un nuevo camino. Inició como asistente de contratos de perforación en Epiroc, cargo en el que estuvo 4 años, con la dificultad que eso implica, en especial para una mujer en un sector de hombres. Con su carisma y capacidades se abrió espacio. “Como mujer no me puedo quejar, me han recibido de una forma única a pesar de recibir una que otra crítica por ser mujer”, dice sin titubear… La tierra nos une.

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Desde el 2018, científicos de la universidad de Bergen, en Noruega, han estado empleando el uso de robots autónomos y submarinos pilotados en profundidades de hasta 2.500 metros con el fin de explorar el lecho marino entre Noruega y Groenlandia. Como si fuera una película de ciencia ficción, su objetivo es comprender por qué ciertas áreas son ricas en cinc, oro, cobre y otro tipo de minerales. Asimismo, Claudia con el deseo de descubrir lo desconocido empezó a recorrer el camino de la exploración y con su ambición siempre visualiza un futuro mejor.

Todo oficio requiere experiencia y Claudia a partir de labores como recolección de bases de datos y controles de herramientas fue avanzando en su aprendizaje. Son pocas las personas que han viajado al espacio exterior, como también son pocas las que han ido al “centro de la Tierra”. Claudia ha estado en la mina de oro de Cisneros en Antioquia, ha caminado por túneles en Caldas, Norte de Santander y no hay punto en el que quiera detenerse.

“En minas hay trayectos en los que hay que caminar kilómetros. Solo algunos vehículos son autorizados, así que toca ir paso a paso. El calor y el esfuerzo físico se sienten”, me cuenta Claudia con la voz alegre de quien ha afrontado retos. No hay palabra que no diga con orgullo. La historia de Claudia narra levantadas a las 4 de la mañana para visitar minas, una maleta que está al lado de la cama siempre lista, lamentos de hijos que no quieren que se vaya y un esposo comprensivo que ha sido compañero, padrastro de sus hijos y escudero en este viaje que es la vida.

“Cuando pasan las noches y no llego, o me ven la maleta, que la tengo armada, ellos me piden que no me vaya… El menor, años atrás, me decía: cuando sea grande voy a trabajar en Epiroc para remplazarla y que usted no trabaje más”, con amor me dice Claudia. Seguramente en un futuro no estarán lejos, trabajarán juntos,

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Conectados por la pasión, por el suelo y ahora por mis palabras aparece la historia de Ramón. Barranquillero de 32 años. La primera vez que hablo con él está en sus días de descanso jugueteando con su hijo de un año. Como si fueran matemáticas, me explica que su trabajo es de turno 20×10. Lo que significa que pasa veinte días en minas y túneles y diez al lado de su esposa e hijo.

La tierra nos une, pero sin dudas también nos separa. Durante dos décadas Eritrea y Etiopía han permanecido en conflicto por una guerra que tiene sus inicios en mayo de 1998 y finalizó en junio de 2000. Hoy sus relaciones están normalizándose y desde el 11 de septiembre de 2018 la frontera entre ambos países se ha abierto, ¿la razón? Un mínimo de 20 camiones con cemento parte diariamente desde Adigrat, Etiopía, a unos 900 kilómetros a norte de Addis Abeba, hasta la localidad fronteriza eritrea de Senafe, Adi Keyh y Dekemhare. Lo que algún día nos separó, la tierra se encarga de volverlo a unir.

Ramón Garrido

Son años los que Ramón lleva cumpliendo este turno. Son 5760 horas al año las que él pasa lejos de su familia, luchando por un sueño, por el suyo y el de sacar a sus seres queridos adelante. “No hay nada fácil, pero en casa se han sabido acostumbrar”.

“Al principio fue duro, pero yo tomé estrategias, cada 10 o 12 días cuando mi esposa descansaba de su trabajo, se iba hasta la mina y se quedaba a dormir conmigo. Ahora ya se acostumbró… Y a mi niño lo veo mucho por video llamadas”, dice con cariño, Ramón. La tecnología ha sido un valor agregado para una industria que ha sido capaz de romper los límites, para bien y para mal.

No es secreto que el calentamiento global es un enemigo de todos, por lo que el mundo está intentando unirse para que la naturaleza no nos lleve por delante. Se requiere un firme esfuerzo para que el mundo alcance la meta establecida en el Acuerdo de París: mantener el incremento de temperaturas por debajo de los 2ºC y trabajar por limitarlo aún más. El incremento de las emisiones de gases con efecto invernadero implican riesgos globales. Por ello tecnologías eléctricas han tomado el liderato. La revolución de las baterías para equipos mineros transforma el panorama y las transmisiones eléctricas serán un beneficio para todos… Si queremos, en la tierra podemos unirnos.

Qué tan a menudo leemos historias esperando sorprendernos, olvidando que el despertar y respirar son el principio universal de todo. Algún día mi bisnono se levantó soñando con hacer jarras de barro, hoy su bisnieto escribe una historia que hereda sus manos y la vida de Claudia y Ramón, que cuentan de la tierra que él algún día trabajó.

Ramón Garrido

“A mí me encanta mi trabajo”, dice Ramón. Es supervisor de operaciones en una mina en el municipio de Santiago, Antioquia, allí supervisa que los aceros de perforación estén en óptimas condiciones. Como Claudia, camina kilómetros para ir tierra adentro. Su amor es grande por lo que hace, como el de todos los que descubren un mundo día a día sin mucha luz, pero con pasión, entrega y reflejo fiel de lo que es unión.

Como decía Aristóteles, “la Tierra es un espectáculo que se desarrolla frente al hombre”, depende de nosotros saber hacía dónde poner nuestra mirada y sin duda Ramón y Claudia son una inspiración para llevar a cabo un ejercicio de enfoque.

Tomás Niño Paredes

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